Antes de nada, apuntar: relacionamos el duelo con la muerte, pero lo tendríamos que relacionar con cualquier pérdida significativa en nuestra vida: una separación, la muerte de un animal de compañía, un cambio de ciudad, la pérdida de un objeto muy personal…

Hablemos de la muerte. La muerte forma parte de la vida. Esto que parece tan consensuado por todos, cómo cuesta aceptar, integrar, y a veces de entender.

¿Quién no ha vivido una muerte de un familiar o conocido cercano? Por comprensible, e incluso previsible y anunciada que esta muerte pueda ser, cuando se produce, el golpe es duro. Muy duro.
Avanza el tiempo, las cosas cambian, llega la tecnología y avanza la medicina, en nuestra casa ya no hay guerra y parece que la muerte sólo pueda ser a una edad muy avanzada, en una cama de hospital y con atenciones médicas que permitan no sufrir y en un cerrar de ojos…e incluso así es sobrecogedor.

Y cuando más se escapa de esta visión idílica de la muerte, más elementos hay para que el golpe sea aún más duro. El vínculo con la persona que nos deja, su edad, las circunstancias (accidente, enfermedad…) genera a menudo una reacción de incredulidad, de injusticia, de rabia, de culpa hacia uno mismo, de desbordamiento emocional que forman parte de un proceso de duelo muy intenso que interfiere, ¡y de qué manera!, en el desarrollo de nuestra cotidianidad.

El proceso de integración de la pérdida, el duelo, se convierte en un pequeña víacrucis, pero a l avez en un camino sanador, que nos ayudará a poner las cosas en su sitio, mantener el recuerdo vivo pero tolerando progresivamente las emociones. El recuerdo formará parte de un todo, no será el todo. La humanidad ha sufrido trillones de billones de duelos, son parte de nuestra forma de vivir, de integrar el pasado en nosotros, de constituir la memoria que nos permite afrontar el futuro.