Cuando hablamos de adicciones se suele visualizar la adicción a los tóxicos. Heroína, cocaína, alcohol, tabaco, por ejemplo. También es relativamente conocida la adicción al juego, a las máquinas tragaperras, el casino, las apuestas… Y también podemos hablar de adicción a Internet, al sexo o a la pornografía. El patrón adictivo se reproduce de la misma manera, no se puede detener el consumo creciente y dependiente a pesar de las repercusiones, perjudiciales, que se derivan y que generan un importante malestar en la vida de quien lo está viviendo y la desesperanza y la desconfianza en los que conviven con él. No poder prescindir, minimizar riesgos (de pareja, laborales…), minimizar consecuencias, no hablar con nadie, ocultarlo, decirse mil veces que es el último día… y siempre hay un nuevo último día. Un autoengaño sin fin. Uno busca una salida al laberinto, esperando hacer un clic y que quede todo resuelto. Y no hay clic, no hay salida del laberinto. Uno consigue dejarlo cuando no ve el laberinto.

A veces no hace falta ser adicto para tener problemas, por ejemplo, con la bebida. Beber de forma impulsiva y excesiva, aunque sea en días aislados, te convierte en vulnerable, pierdes el control. Quizás buscabas un trampolín para atreverte a pasártelo bien, seducir a alguien… Sea como sea, al día siguiente llegan los remordimientos, el vacío, la soledad, la rabia, la tristeza, juramentos de no volver a beber… Y puede ser con el alcohol, con el juego, con la cocaína…